lunes, 6 de agosto de 2018

¿POR QUÉ LOS CELESTES FALLAN TANTOS GOLES?


Por Manuel Araníbar Luna
Dice un antiguo refrán que convertir un gol es un orgasmo pero fallarlo es un coitus interruptus. El sábado, los rimenses regalaron goles como si fueran candidatos al congreso.  La hinchada pedía goleada, los comentaristas más objetivos (son muy pocos) exigían más anotaciones. Condorito, rojo como camarón de chifa, se mordía la nariz cuando fallaban oportunidades más cantadas que el Waka Waka. 
Los celestes se enseñorearon en la cancha. Digamos que los muchachos de Salas se metieron a la sala, al comedor y hasta el baño. Era un cuadro que se armaba desde atrás. Sus movimientos fueron meticulosos y muy ordenados: marcaron, bloquearon, contuvieron, quitaron, armaron, hilvanaron, llegaron, dispararon… hasta ahí todo bien pero en la puerta del horno la fallaron, la embarraron, la regaron.  Por fin, casi al final del primer tiempo metieron una. Fantástico, un alivio para los pobres, un golazo de las grandes ligas. Bacán, pero también deben meter las otras. O por lo menos la mitad de las que se les presentaron: ocho claras y otras tantas yemas.
 ¿Qué se necesita para que la metan?
Primero, obvio, precisión. La tenían lista, bañadita y perfumada en cama redonda con espejo en el techo pero la mandaban  contra los pobres fotógrafos como sacudiendo la cerveza tibia sin espuma.
Segundo, serenidad. Se apresuraban en fusilar como si se les estuviera escapando el tren eléctrico. Y no había por qué apurarse porque esos cuatro de atrás eran incapaces de quitarle la pelota a una niñita. Esos  troncos con chimpunes eran más lentos que un trámite de jubilación
Tercero, menos egoísmo, porque muchos de los goles perdidos se deben a la glotonería. No hay que ser angurriento, se debe mirar al compañero que viene acompañando y decidir quién está más a tiro de escopeta. No pues, el buffet de anoche era para todos los celestes. Bien dicen que hay que compartir, muchachos, como en el milagro de la multiplicación de las chelas
Claro, se dice que un delantero de punta debe ser egoísta, de lo contrario no hubiera goleadores. Al Jet Gallardo, por ejemplo, se la jugaban en pared pero no la devolvía ni con orden judicial. Lanzaba veloz carrera y la clavaba al arco desde fuera del área. Así se hizo goleador. Y esto tiene su razón, en aquellos fabulosos sesentas, nadie disparaba de lejos, por tanto, Gallardo era el único jugador  peruano que anotaba desde 35 metros.
Y regresando al presente, hoy se les exige a los delanteros que levanten la cabeza y decidan en un milisegundo si deben disparar cuando hay posibilidades de gol, y si no la hay,  habilitar al compañero.
Cuarto, menos vitrina. Hay jugadores a quienes les gusta la cámara como torta de tres leches; quieren driblearse hasta el banderín del córner, soñando despiertos con ver al día siguiente su jugadaza repetida en la Fox y con ello figuretear para buscarse un contrato en Europa. Es lindo meter un gol de taquito luego de driblear a cuatro adversarios con dos huachas y un sombrero, pero esos goles se hacen cuando se va ganando cuatro a cero y no cuando la cuenta es mínima.
¿La solución?
Hay varias, una de ellas podría ser pagar los goles a destajo. Gol que metes, gol que cobras. Con esos premios, Emanuel y Gabo se llevarían la plata en carretilla. Segunda, lo contrario, multarlos con una luca chola por cada gol que se pierdan. Uf, más de uno se va a quedar debiendo plata. Tercera, atornillarlos al banquito del olvido. Se les van acalambrar las nalgas de tanto calentar asiento.





1 comentario:

  1. jajaja ke bvena tu cronica pero creo q nunka van a dejar de perder goles ni asi les pagen

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