miércoles, 22 de abril de 2020

LA FINAL DEL 2012 ¡CAMPEONES NUEVAMENTE!


Por Manuel Araníbar Luna
Segundo tiempo…
Los cusqueños han llegado ya un par de veces al arco celeste, pero el Loco Delgado demuestra serenidad. Mira con cachita a los rivales como si sus disparos fueran pataditas de monja. Advíncula, Ayr, Pacho y el Chasqui se defienden con solvencia. 
Los enroques de Mosquera…
 Los armadores hilvanan jugadas. La tocan con soltura de partido entre solteros y casados. El cervecero se acomoda esperando que los visitantes se manden al hachazo. Los rivales insisten en pelotazos. Y se mandan feo, pero la defensa responde con solvencia. Piki es un pitbull que muerde a todo lo que se mueva con camiseta blanca. Es el tanquecito de acero que corta todos los avances enemigos, el carrito chocón que pone la pierna fuerte y gana en el pecho a pecho. Sin embargo, dicen los abuelos que bueno es culantro pero no tanto. El gladiador necesita un chacal que lo secunde. Mosquera hace un enroque ajedrecista, saca a Pincel y mete a Neka Vilchez para que lo acompañe. Loba, cinco metros más arriba, manda delivery para Irven y luego para Junior; llevando así a los rivales de una vereda a otra. No obstante, por tanta patada recibida, Loba-27 empieza a renguear. El DT de los ternos elegantes saca a Carlitos y mete a Rengifo para estorbar a los centrales cusqueños. Luego saca a un exhausto Junior Ross (que todo el partido ha contragolpeado destrozando cinturas por ambas bandas) para poner al Flaco Marcos Delgado. No obstante, aún había que enfriar el partido.
El Concierto del Burrito…
¿Y cuál es la otra estratagema de Mosquera?  Le ordena a Burrito Mariño que haga chiches, tacos y huachas, que busque fouls, que la meza cantándole “arrorró mi niña”. Burrito ejecuta su Concierto para Copa de Oro con Taco y Pisada Opus 16 y acompañamiento de huachas y paredes. Pobres rivales: Garcilaso se convierte en Facilazo. Granda se achica, el arquero Goyo se queda en el hoyo, Alloco se aloca poco a poco, Flores se marchita, Ramos se va a Roma por las ramas, Huerta es una puerta abierta, el histérico Ciucci se encurrucha (con rima en hucha) y aplica patadas que merecen -más que expulsión- seis meses de prisión preventiva. Al Burrito le han caído, mínimo, unas cincuenta patadas y en ninguna reclama ni pide tarjeta. Se levanta, la vuelve a acariciar en cámara lenta y los rivales lloran. El tiempo no avanza.
El manotazo del Loco…
Erick recién se ha recuperado de una larga lesión y la hinchada no lo ve tan ágil como el tigre saltarín que siempre fue. Llega entonces la segunda jugada cumbre del partido, la definitiva. Si Junior ha metido el gol del campeonato, Erick ha hecho la acrobática salvada que evita el empate y, por ende, la tanda de penales. Un delantero de blanco manda un petardo por alto. Erick la desvía con los dedos y cae como un saco de cemento con guantes. La pelota rebota en cámara lenta a los pies de un visitante, justo para que la volee linda, fuerte y con paradero final a las mallas. El Loco que estaba tirado en el suelo da tremendo salto de tigre, en el aire se impulsa mucho más y la desvía otra vez con las uñas. ¡Uf, qué alivio!  “Ya no entra”, decimos los viejos hinchas, “ya no pasa ni el aire”. Luego de esa salvada del Loco nos convencemos de que los de blanco no llegarán más. El Loco es una barrera más alta que la torre de Lima protegida por los cuatro guardianes de la bahía que no dejan pasar ni al Papa Francisco con muletas.
Esta noche nadie duerme…
Tarjeta roja a Charapa por falta inexistente. Huerta se gana la roja por impotencia. Los relojes mentirosos nos dicen que falta poco. ¿Poco? ¡Falta un siglo! El reloj avanza más lento que una procesión. Con la mente lo apuramos, pero nada, el reloj se planta como una mula terca. Falta un mes. En la cancha empiezan los pasitos, los toques y los oles. Falta una semana, y la visita no se da por vencida. Faltan horas. Luego, una pequeña trifulca, el árbitro se acerca, chapa la pelota, levanta el brazo y ¡purrrrrr!, ¡por fin se terminan los fatídicos siete años de vacas flacas!
¡Campeones otra vez! Vuelan las bombardas, el aire es una niebla celeste, la pica—pica (ahora le llaman confeti) inunda la cancha y hasta los gallinazos en lo alto de la torre vuelan con tiras de serpentinas color cielo pegadas a sus alas. Todos lloran. Y nadie se va del estadio vivando el trote olímpico del Loco Delgado con la copa en sus manos y los jugadores e hinchas siguiéndolo. Todo el Estadio ruge “ese es Sporting Cristal, Cristal, Cristal¯¯¯l”. Esta noche no se duerme. Celebremos, campeones.

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martes, 21 de abril de 2020

LA FINAL DEL 2012 EN LIMA, (I) PRIMER TIEMPO


Por Manuel Araníbar Luna
Las entradas ya se habían agotado desde antes de la primera final. Mosquera seguía concentrado en la estrategia. El elenco rimense llegaba a la final con una baja, Yoshimar Yotún, quien una semana antes se había lesionado en un choque con Jhoel Herrera. Otros compañeros llegaron golpeados. Burrito, Irven y Ross durante la semana se habían recuperado a medias. En general, todos llegaban con un serio desgaste físico tras el agotador partido en altura.

Un mono con metralleta…
En el cuartel general rimense se tenía varios factores a favor, experiencia, tribuna llena de extremistas celestes, excelentes jugadores que jugaban casi de memoria y- más que todo- la ventaja de un triunfo de visita, lo cual obligaba a que los visitantes arriesguen todos sus naipes.  La prensa y los simpatizantes celestes no pensaban lo mismo. Si se había ganado de visita contra el clima,la altura y todas las argucias–opinaban los hinchas- el triunfo venía fácil. Este exceso de confianza nos podía matar. En definitiva, los celestes no se atrevían a cantar victoria hasta el domingo a las 5:30 pm. Y si por cosas del destino llegaran a los penales, la espera podía prolongarse hasta una hora más.
En el equipo contendor, el guardavallas titular fue la primera baja por lesión siendo reemplazado por Goyoneche. Para agudizar sus problemas, como mono con metralleta, el dirigente cusqueño en sus intervenciones mediáticas andaba paranoico disparando y atacando a todo el mundo. Para agudizar la crisis interna, expulsó del equipo al goleador del campeonato, Andy Pando. Increíble.

Buscando vacunar de madrugada…
Los cusqueños entraron a jugarse el todo por el todo y a definir de madrugada. sorprendieron con un par de llegadas peligrosas del ratoncito que era una ladilla para la defensa cervecera. Asimismo, no perdían ocasión de rematar de larga distancia. Tampoco hacían ni cosquillas. Como había sucedido una semana antes en cancha cusqueña, luego de quince minutos de intensos ataques los visitantes le quitan el pie al acelerador. Los celestes, que han arrancado sin un 9, agradecen y comienzan a tocar como las fotos tamaño carnet, de frente, de perfil, de cachete, de culata. Y tal como había sido el estilo de Mosquera durante todo el año, atacan con seis: dos cuchillos por las bandas y cuatro bayonetas por el centro. Esta vez Junior está jugando un poco retrasado, y como Charapa no figura en la plantilla, se mete por el centro dejándole la punta a Pincel que juega apoyado por Pacho Vilchez. La hinchada reniega porque quiere ver a Titi en la punta, pero Mosquera sabe muy bien por qué lo hace. 
Junior vuelve a matar…
Así se gesta el golazo con una serie de toques entre Pacho, Loba y  Renzo. Este moja el pincel de Miguel Ángel en un tarro de pintura celeste, levanta la ñata, mira al Irven que se va por derecha, calcula la distancia y los hámsteres de su cerebro le dicen que debe mandarla bombeada. La acaricia con el dedo gordo y la cucharea. La chancha va volando en curva de arco iris a la mitra del Irven. Sin embargo, la pelota llama a la torre de control indicando que va a aterrizar tarde por una pendejécima de segundo. Irven, al ver que se ha pasado de colocación, se da impulso hacia atrás sabiendo que no la va a meter. ¿Qué hace? Ya que se da cuenta de que no va a ser el padre del gol, decide dar la pelota en adopción y la pivotea con la oreja para el primero que la pesque pero no hay nadie. ¿Nadie?! Un rayo con camiseta turquesa llamado Junior Ross se mete a 100km por hora por la zona franca, aparece de la nada y con un par de trancazos deja tirado al Alloco que se aloca. La bola viene dando botes de canguro y Ross la cachetea de derecha con furia, la chancha gira como un trompo, vuela como una cometa y le infla los cachetes al arco atragantándolo con un bombón de medio kilo de aire. ¡Goooool, carajo! Con el bullicioso rugido de cuarenta mil leones, el estadio es un manicomio pintado de celeste. Vuelan las picapicas y los contómetros. Las tribunas se quieren venir abajo. No, no es un temblorcito cualquiera, es un terremoto grado 8 en la escala de SCelcius en este gigantesco monstruo de cuarenta y tantas mil cabezas que se agitan y gritan, que gozan y lloran con la certeza que la gloria viene después de siete años de sequía. Si este no es el Apocalipsis predicho por Nostradamus para el 21 de diciembre, por lo menos es la cuota inicial.  
¿Y ahora? Tocar, triangular, amansar, esperar que se aviente la visita, y luego devolver golpe por golpe. Así se gestan contraataques letales, rápidos, venenosos. Piki Ross quebrando a sus dos marcadores y cambiándola de banda. Ávila metiéndose por el centro para dejarle la banda a Burrito Mariño. Impotentes, mareados, aturdidos ante tantos toques, contragolpes y cambios de puesto y de ritmo, los visitantes empiezan a cortar a punta de golpes. Kerosene decide quemar sus municiones que sólo son cohetecillos y luces de bengala. Resumiendo, mucha presión y cero balas. Así se van al descanso. (PACIENCIA, YA VIENE EL SEGUNDO TIEMPO ¡Y LA APOTEOSIS!)

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sábado, 18 de abril de 2020

PRIMER PLAYOFF EN CUSCO: (II) GANAMOS CON GOL DE ROSS


Por Manuel Araníbar Luna
Mosquera había formado una retaguardia en la cual a Usaín, La Muralla Ayr, Pacho Vilchez se les unía Yoshi. El flaco Delgado ayudando a Cazulo. Al medio jugaban Loba con un Piki Cazulo, que era el tractor que recorría ambas áreas. Adelante Irven, Rengifo y Ross, un trinche que perforaba vallas sin pedir permiso. Ya Mosquera había dicho que venía por el triunfo. Y vaya que lo consiguió.

La serenidad contra la impaciencia... 
Los locales arrancaron imprecisos, intranquilos, fruto de la desesperación por adelantar el marcador. Sus dos centrales, bastante rezagados, sabiendo que los contragolpes rimenses eran letales no se proyectaban a los centros en área cervecera. Lo mismo sucedía con sus laterales. No se lanzaban al ataque porque teniendo al frente a Ussain y Yoshi sabían que iban a quedar últimos en los cien metros planos. Bombardeaban con fuego tupido de pelotazos al centro, y uno que otro disparo de media distancia, pero entre el Flaco Delgado y la Muralla las sacaban todas mientras el Loco casi ni intervenía. Cada saque de meta cervecero era una película en cámara lenta del Loco Erick que exasperaba al equipo cusqueño, al punto que los jugadores locales pedían tarjeta por demorar. La serenidadl e estaba ganando el partido a la impaciencia.
Este corralito duró más o menos veinte minutos. Luego el equipo celeste la empezó a tocar, a dormir, a rotar suavecito, a disminuir los movimientos. Era un descanso premeditado, un relax, un trotecillo que impacientaba a los locales.  Los celestes controlaban el oxígeno, sobre todo los defensores que se habían batido como tigres a puros saltos, sin perder pelotas, sin nada que lamentar, pasándose la pelota como si fuera una pichanguita. Piki hostigaba, mordía y chocaba con toda camiseta celeste pálido que se le cruzaba en el camino, apoyaba a la defensa a detener las acometidas de los cusqueños, y con el mismo fuelle acompañaba a la delantera. mientras Loba la recibía y de inmediato lanzaba la encomienda para Titi Ross y el Charapa. Este último guerreaba a punta de codazos con los dos centrales.
Gol de Titi…
De improviso, porque en algún momento Cristal tenía que lanzar el zarpazo, porque así tienen que ser los goles de contragolpe, Lucho Advíncula se escapa por la derecha a su vigilante que se le había pegado como lapa. Le saca uno, dos, tres metros de ventaja para catapultar un huaracazo de polo a polo como un dron. La bola es un botellazo de cantina que cruza toda la cancha y cae preciso a la zurda de Yoshi que, como buen chalaco, hace un pase salsero, amaga por la sala y sale por la puerta falsa, descontrola a su marcador y le quiebra la cintura ante su gente. El avergonzado marcador reacciona y se avienta a trabarlo con un planchazo de pala mecánica y ¡crack! suena un golpe seco de puñetazo de serie policial. Medio estadio grita “¡Hey, réferi, cobra pues!”, pero el árbitro deja seguir. Adolorido pero siempre atrevido, Yoshi  es un guerrero troyano que sigue avanzando a matar o morir. “¡Sigue, sigue!” gritamos todos. “¡Ya estamos, ya estamos!”  Yoshi se queja y trastabilla. ¡Vamos Yoshi, sigue, suéltala! Yoshi nos obedece, y avanza con los pasos tambaleantes del cadáver resucitado de Thriller escapando de la arena movediza. El zurdo da otro paso vacilante: “Tengo que hacerla y la haré”; cojeando y arrastrando los pies, da dos pasos más, levanta la cabeza y ve a los tres Reyes Magos -Charapa, Irven y Junior Ross- hambrientos de obsequiar un gol a la sufrida hinchada rimense. Uno de ellos la tenía que pescar. La bola va a los pies de Rengifo. ¡Métela, Charapita! La bola se le pega a las rodillas, resbala por las canillas, y se le escapa como si tuviera pezuña fuerte. La redonda se le vuelve a escapar y corre hacia los pies de Junior. ¡Ya, Junior, es tuya! Titi la pesca con el taco de la derecha ¿qué quiere hacer? ¡No lo sé, pero no importa, ¡sigue, Junior, sigue! El chalaco da la clásica media vuelta salsera del Llauca y empuja un tremendo tabazo de zurda que clava la talope al fondo de la bolsa del mercado artesanal. “¡Gooool, carajo, con este gol campeonamos en Lima!”, gritamos hasta ahogarnos. Uf, qué emoción. Ahora a soportar la tormenta.
Los gladiadores se comen a los leones…
Cabizbajo, derrotado, desmotivado, el arquero maldice a Ross, los defensas lo maldicen, el DT de casa lo maldice, los hinchas locales lo maldicen, pero la compacta barra cervecera lo celebra a gritos de guerra y hace callar a esa especie de coliseo romano donde son los gladiadores celestes quienes se están comiendo a los leones locales. “¡Gooooool carajo!” grita el Loco Delgado apretando el escudo de su camiseta contra el pecho. Su grito llega hasta el Rímac, el eco da la vuelta por el cerro San Cristóbal y resuena hasta la Florida. ¡Gol de Júnior, de Júnior! Las barras cusqueñas enmudecen. El tablero marca el palito frente al huevo favoreciendo a la visita.
Por la emoción del gol nadie se percata que, luego de su pase heroico Yoshi ha quedado con la rodilla en añicos. Chasqui lo reemplaza. Buena decisión porque ahora los sureños se van a venir con todo.  Ahora aguanten el carro, paciencia, a ver si contragolpeamos. Y así lo hacemos dos o tres veces. Los cusqueños enfurecen, pero llegan sólo en contadas ocasiones, porque el que manda en la cancha es el once rimense. Sigan concentrados, muchachos, que ya falta poco. ¿Poco?  Faltan horas, días, semanas, ¡esto no tiene cuándo terminar!
El burro que baila salsa…
Harto de tanta patada recibida, Ávila le mete un codazo a un cusqueño. Lo mismo hace Rengifo. Menos mal que el árbitro no la ve. Necesitando jugar en cámara lenta y sobre todo mecerla y arrullarla para una siesta, Mosquera saca a Rengifo y mete al Burrito Mariño. Loba prueba desde afuera, pero sin mira telescópica. No, no es su tarde anotadora. Entra Neka Vilchez por Loba que está cansado y golpeado. El Burrito también prueba un par de veces de remate teledirigido. Dominamos, no a tal punto de comernos la cancha, sin embargo, la pelota es nuestra, la idea de ganar es nuestra, y los cánticos de la tribuna son nuestros.  La tenemos, no la soltamos, la aguantamos para bajarles el ritmo. Ya en las tribunas no se escucha el huayno sino la salsa porque el Burrito a quien siempre criticamos por amarrabolas, esta vez le exigimos que se la pegue al chimpún con silicona. Y con el gol a favor esto es lo importante, porque la quimba salsera y los chocolates del Burrito irritan a los sureños que en pocos minutos ya le han metido una sarta de patadas.
El reloj chino…
Todos miramos al árbitro VH buscando un gesto de aburrimiento, de cansancio o de ganas de largarse a descansar al hotel y repasar sus pecados cometidos. Pero este, a pesar de que es su partido de despedida y lo esperan en casa con un chupe de camarones, no quiere irse. ¿Será que le ha gustado el planteamiento de Mosquera? Sólo él lo sabe. Los cerveceros nos jalamos los pelos hasta que por fin el dueño del silbato mira el reloj. ¿Será de marca china? Ya, juez, acábalo ya y lárgate antes de que tu chupe se enfría. Mira que estamos roncos, pero ¡plop¡! ordena que se juegue varios minutos más. El Burrito se pierde el segundo gol. Dos minutos después Irven pierde otro. ¡Maldita sea, sopla ya que queremos celebrar! Sí que nos escucha el maldito, pero ni caso que nos hace. Hasta que -dos años después- por fin se acuerda que el silbato no es chicle y sopletea. Euforia, saltos, abrazos, más saltos, cánticos con ronquera de borrachos. Ya tenemos una oreja de la copa en mano. Y fíjate qué gran preparativo de aclimatación ha hecho Mosquera que cuando termina el partido Ávila y Piki, que fueron quienes más corrieron, al final de los noventa todavía están frescos.
Ya tenemos la mitad de la torta. La otra mitad nos la comemos en Limón. Buenas noches.
(Continuará en el Nacional).


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viernes, 17 de abril de 2020

EL PRIMER PLAYOFF DEL 2012 (I) LA PREVIA


Por Manuel Araníbar Luna.
Luego de siete años de fracasos, en este 2012 ya el once celeste había demostrado ser un equipo formidable.  El Loco Erick había heredado por derecho propio el cintillo de capitán. Y lo merecía porque, sin que nadie se lo ordenara, él solito -en todo lugar y a toda hora- se la había jugado por el club declarando a los cuatro vientos su amor al equipo que lo formó, enfrentándose a las barras enemigas y a la prensa no adicta que lo habían agarrado de punto.
Los cusqueños…
El Garcilaso tenía lo suyo. Su plantilla tenía como base a Diego Carranza; Jhoel Herrera, Iván Camarino, Fernando Alloco, Iván Santillán; Carlos Flores, Edson Uribe (hijo de Julio César), Eduardo Uribe, el tristemente recordado Fabio ‘Pitu’ Ramos; Ramón ‘el Ratón’ Rodríguez y Andy Pando que a la postre terminaría como goleador del campeonato.
Peleaban la final por méritos propios.  Hay que reconocer que tenían lo suyo. Llegaban con una racha de 80 partidos sin perder en su cancha cusqueña. Un equipo bien armado con el goleador del campeonato a quien una dirigencia de mentalidad medieval lo echaría antes de la final.
Su estrategia como local era el juego vertical a gran velocidad con la que ahogaban a los rivales; buenos armadores que jugaban al bombazo para que la aprovechen los cabeceadores. El resto era su gran aliado, la altura.  
La reingeniería de Mosquera
El equipo de La Florida estaba en su punto y cada uno en el puesto que Mosquera había adaptado para ellos.  En la defensa, Advíncula era una pantera por la derecha. Al frente, Yoshimar era la cerbatana que aguijoneaba con sus proyecciones. Los centrales, Ayr y Chaski aportaban su experiencia. El Flaco Delgado era el recambio obligado por ser multifuncional. Es bueno resaltar que en ese 2012, a pedido de Mosquera, el club había hecho un inesperado jale: Piki. Inesperado porque en su anterior equipo había sido volante armador por derecha. Mosquera, con ojo clínico, lo había puesto de contención, y no se equivocó. Transformó a Piki en un todoterreno, un peoncito incansable que las peleaba todas con suficiente fuelle como para jugar dos partidos seguidos. 
Lo mismo había hecho con Advíncula, quien venía como volante por derecha. Mosquera, pese a la resistencia de Ussaín, lo acomodó como marcador derecho. A Junior Ross que venía de una mediocre campaña bajo la tutela de Reinoso, Mosquera – tras extensas charlas motivadoras- lo transformó en el mejor contragolpista del campeonato por ambas bandas, con un buen dominio de los remates con ambos pies, llegando a ser el autor de los goles del triunfo en los dos playoffs.
Tres cráneos…
En la línea creativa destacaban tres cráneos, tres artistas, Pincel, Loba y Burrito, quienes, aunque muy pocas veces entraban juntos a la cancha, la tocaban en corto, repartían en profundidad o inventaban las jugadas que se les ocurrieran en el momento. La delantera era una ametralladora que llenaba de huecos los arcos rivales. Junior Ross, Irven Ávila y Rengifo eran tres diablos que llegaban a puro tranco a las aéreas contrarias, hacían goles de todo tipo y desde cualquier distancia, de remate largo, de cabeza o con toque suave a lo Romario.
Ya se había hecho costumbre que todos los contrarios que enfrentaban a los cerveceros se apretujaban en su área como pasajeros en el metropolitano, pero Mosquera tenía muchas variantes, los hacía jugar en paredes chiquitas de callejón angosto con recovecos y pelota de trapo y, tal y como se jugaba cuarenta años antes, con el estilo de fulbito que había impuesto el tío Didí. Con ello sacaban del cuadro, destroncaban cinturas, buscaban faltas y lograban tiros libres.
Por los resultados de la campaña de ese año, se les tenía confianza porque el equipo ya estaba bien armado. El cuerpo técnico había planificado una aclimatación de diez días con anterioridad al partido, importantísimo detalle que jamás se le había ocurrido a ningún técnico en el Perú.
Las tretas de los locales…
Los locales temían a los celestes. Se intuía que iban a utilizar mil y una argucias para ganar el partido en su cancha. 
Uno de sus dirigentes empezó la guerra, primero tratando de apropiarse del el slogan "La Máquina Celeste" acuñado en los noventas. Luego, por su nerviosismo, en los días previos continuó  con insultos y comentarios altisonantes para tratar de amedrentar al equipo celeste. ¿A quién quería trabajar al susto? ¿Al equipo celeste que había parado pleito en La Bombonera?
Por su parte, ¿qué había hecho su DT? Ordenó desde una semana antes que no se cortara el pasto para dejarlo lleno de champas. Sabiendo cómo eran de venenosos los contragolpes de Ross y Ávila mandó empapar algunos sectores del campo, especialmente las bandas. Tenía asimismo como aliados la altura del Cusco y el público adverso, sin embargo, estos trucos no intimidaron a los rimenses que tenían el pellejo curtido de mil batallas en todos los terrenos. (CONTINUARÁ)

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miércoles, 15 de abril de 2020

EL GRITO QUE LLEGÓ A BUENOS AIRES


Por Aldo Alvarado Hinojosa – El Doctor Celeste
Esa semana había empezado bien. Habíamos ganado en Barranquilla a Colombia 1 a 0 por las eliminatorias con gol de Chino Pereda. Una semana antes, Cristal había empatado 0 a 0 con el poderoso Vélez Sarsfield, equipo armado por el virrey Carlos Bianchi:  campeón de todo, campeón de Copa Libertadores, campeón de la Copa Intercontinental. El partido de ida jugado en el Estadio Nacional, en un match complicado habíamos empatado 0 a 0. Bien plantado el Vélez, ahora lo dirigía Piazza, que logro su resultado empatando de visita.

El partido de vuelta a jugarse en Buenos Aires en el estadio de Liniers, era esperado por los hinchas del Cristal con esperanza de ver un resultado favorable, y los celestes radicados en Bs As acudieron en un número no menor a dos mil al estadio José Amalfitani, ubicándose en Oriente Alta, pegado a Sur, donde jugaba de local el Vélez Sarsfield, en el barrio de Liniers, que es el primer barrio al que uno llega saliendo del aeropuerto de Ezeiza.
Lo que dijo el Príncipe…
Ya teníamos un recuerdo grato con equipos argentinos un año antes, cuando pudimos hacer buena presentación ante River Plate campeón de Copa libertadores de 1996. A River Plate le jugamos en Lima y le ganamos 2 a 1. Enzo Francescoli, “El Príncipe”, declaró que si habían podido eliminar a Cristal -al cual consideraba el mejor equipo en este momento, añadiendo que Cristal le pegó un baile a River aquella noche-, entonces ya podían ser campeones de la Copa Libertadores. Algo pasaba con el Sporting Cristal, algo tenía ese equipo al cual Francescoli ya lo había catalogado como un grande.  Llegó esa hermosa noche.  Me recuerdo sentado en la cocina de mi casa viendo el partido con mucha emoción, con mucha paciencia y con mucha fe.
El primer tiempo muy parejo, Cristal controlando a Vélez, manteniendo el resultado y pensando quizás en llegar a la definición de penales.  Al inicio del segundo tiempo ya no tenía uñas de tanto nerviosismo por esperar que el encuentro se defina. Entonces vino la transformación. Cristal comenzó a jugar y jugar , vio que su contención al Vélez Sarsfield había dado resultado.
“No conozco a ese tal Soto…”
Los celestes empezaron a ofertar fútbol y a llegar al arco del bocón de Chilavert, arquero paraguayo del Vélez, quién había dicho que Jorge Soto no existía y no lo conocía. Aquí hago un paréntesis, en 1993 en una funesta eliminatoria con Vladimir Popovic para el mundial de Estados Unidos 94, hicimos una eliminatoria muy mala, pero en el último partido jugado con Paraguay, los guaraníes sólo tenían que ganarnos para clasificar al Mundial. Entonces Jorge Soto metió un gol para Perú empatando el partido y eliminando a Paraguay de Estados Unidos 94. Sin embargo, Chilavert -burlándose del gran extremo izquierdo peruano- dijo que nunca había oído hablar de Jorge Soto. Y llegó lo inolvidable:
Minuto 41 del segundo tiempo, hay un contragolpe peruano y Erick Torres mete un pase en profundidad a Czornomás. Jorge Soto empieza a correr por el medio y recibe el pase de Czornomás  por la banda derecha dirigido al borde del área a la cual el Camello ya había llegado, y de un solo toque logra meterla junto al parante izquierdo derrotando el arco argentino y sorprendiendo a Chilavert por lo rápido de la jugada,  y haciendo estallar de emoción a los emocionados hinchas del Cristal que seguíamos la transmisión acá en Lima. Dos mil peruanos en las tribunas del Amalfitani de Liniers estallaron en júbilo, gritaron y se abrazaron festejando ese épico gol del ‘Camello’ Jorge Soto, y yo gritando solo en mi cocina ¡Gooool !!!. Ese gol fue el que yo más he gritado de mi Sporting Cristal, estábamos eliminando al más triunfador de América, al poderoso e inigualable Vélez Sarsfield.
El mejor partido del Sporting en la Libertadores…
Pasaron cinco minutos más, con expulsión de Manuel Marengo incluida, y pudimos hacer otro gol de contragolpe que el back argentino la sacó milagrosamente y en eso pita el árbitro. El 1 a 0 se consuma evitando así que el fútbol argentino pueda acceder y logrando que el fútbol peruano representado por el Sporting Cristal pueda continuar en esa Copa libertadores del 97 a la cual pudimos llegar a la final.
En este momento sólo quiero recordar la sensación de emoción y alegría al final de ese partido, sentado en la cocina de mi casa en silencio lleno de lágrimas deslizando por mis mejillas, pero con el corazón henchido de emoción y orgulloso de ver a mi Celeste gloriosa triunfando en el estadio argentino.
El mejor partido de Sporting Cristal en la historia de la Copa Libertadores y yo fui testigo de ello. volverán épocas hermosas, volverán épocas lindas y el fútbol no podrá ser derrotado por esta pandemia. El fútbol es alegría y pasión. El fútbol es emoción. El fútbol es el mejor deporte.
 Salud Cristal por siempre mi equipo querido. Muero por volverte a ver.

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domingo, 5 de abril de 2020

UN BARRISTA APLASTADO EN LA TRIBUNA.


Por Aldo Alvarado Hinojosa “El Doctor Celeste”
Cuando uno es barrista joven comete muchas locuras que con el transcurso de los años traen recuerdos jocosos. En esta anécdota se mezclan lo que es la pasión, el hinchaje y las locuras de juventud. Corría el año 93. Como ocurriría en casi toda esa década, El Sporting Cristal participaba nuevamente en la Libertadores. Ese año nos tocaba jugar las eliminatorias contra el Minervén y el Caracas de Venezuela, mientras que por parte de los nacionales nos secundaba el equipo de Ate. 
Sólo un parcito…
El partido de local contra el Minervén iba a empezar a golpe de 7 de la noche en el Nacional.  Mi amigo Carlos Quenaya, Quenayón, médico cirujano pediátrico, gran amigo y recontra hincha, vino a buscarme a casa. Ya se había hecho costumbre ir ambos al estadio para alentar desde las graderías a nuestro equipo celeste. El caso es que Quenayón llegó a las 3pm. lleno de entusiasmo (y bastante sediento).
—Aldo, es un poco temprano, ¿qué te parece si nos sazonamos con un parcito de chelas para llegar más entonados al estadio?
En las cercanías de mi casa, junto a una panadería llamada Corcilia había una bodeguita donde vendían chelas. En la veredita de las afueras uno podía chelear tranquilo con su vasito. Todo bien, comenzamos a chelear con mi amigo Quenayón sin preocuparnos por la hora porque era demasiado temprano. Pero esa frase “un par de chelas” se desvirtúa cuando uno se muere de sed. Esa tarde calculo que nos habremos soplado alrededor de diez chelas, y quizás más. Ya estábamos, más que movidos, recontra chichas al punto que ya arrastrábamos las palabras: “yaaa, ¡hic!, aaamos aal essstaiooo, cuñaaao ¡hic!”
Fuimos a pie desde Santa Catalina hasta el estadio. Entramos con el Extremo mientras entonábamos “canta ceeerveceeero esta cancióoon, de cooorazóooon¯¯¯!”.

El cerrito en la tribuna…
Esa noche teníamos que ganar por goleada para clasificar. El partido se presentaba fácil, pero faltaba el gol. Tanta era la presión en la cancha que el gol tenía que llegar en cualquier momento. Promediando el primer tiempo hubo penal contra un celeste. (mentiría si dijera que recuerdo cómo se suscitó el penal y quién lo anotó).  “Goooool, carajo!”, gritamos, nos abrazamos saltando como locos, pero estábamos tan borrachos que caímos rodando a las gradas. Los chibolos de la barra, imaginando que estábamos haciendo “cerrito” (se denomina así cuando los jugadores, luego de anotar un gol se tiran uno encima del otro) se nos lanzaron encima. ¿Cuántos serían? Por lo menos eran alrededor de veinte. Cada hicnha que se tiraba encima era un dolor intenso a nuestras costillas. Lo cierto es que de tan tremendo aplastamiento se nos quitó la borrachera.
Aquel partido lo ganamos 6 a 2. El dolor en todo el cuerpo con el que amanecí al día siguiente era como si me hubiera atropellado una camioneta. Y me duró varios días. Y hasta ahora sigo sin saber quién anotó ese primer gol. ¿Algún barrista de esos tiempos me podrá pasar el dato, por favor?



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