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jueves, 20 de octubre de 2011

CHORRI PALACIOS: 20 AÑOS DE CALIDAD Y ENTREGA


Por: Manuel Araníbar Luna.



Este post fue publicado en el 2011 cuando nos llegó la noticia de su retiro. Comprendimos entonces la letra del tema de Héctor Lavoe, que todo tiene su final, que nada dura para siempre. Que había llegado el momento de decir chau. 



Chorri, sangre de campeón,
Actitud, temperamento,
Estrella del firmamento
Celeste por tradición.
Generador de emoción,
Animó a los más reacios.
Grítalo a los cuatro espacios,
De Washington a Moscú:
El lema “Te Amo Perú” 
Lo firmó el Chorri Palacios.

Sacándole música a la pelota...
¿Recuerdas, SC, hermano cervecero, a ese muchachito movedizo, nerviosón y quimboso, que el año 91 apareció vistiendo la divisa  del primer equipo del Sporting Cristal? 
Ese es, el mismo muchacho, casi un niño, que siempre tuvo a la mano el overol del obrero, la escuadra y el compás del proyectista; el badilejo y la plomada del albañil para armar paredes a puro toque callejero. Ese mismo que usó el pincel y la paleta del artista que, sin pasar por Bellas Artes, pintara hermosos goles. Ese mismo que, sin pasar por el Conservatorio, supo sacar música de la pelota, del bombo y la trompeta del Extremo Celeste, el bongó del tío Freddy Ambia y las cantatas tribuneras. 
Ese es el muchachito que, solidario y entusiasta, acompañó a sus compañeros desde el área cervecera, cruzando el ombligo del campo hasta el peligroso rectángulo contrario, tocando a uno y otro lado, generando jugadas y pases-gol en los momentos más difíciles, entregándola sin cobrar peaje a cualquiera que tuviera la divisa color cielo para que la clave entre las redes contrarias.

El tamaño no importa...
Ese mismo muchachito escurridizo que supo hacer toques inverosímiles sin llegar a la payasada ni usar el firulete para burlarse de nadie, porque siempre ha hecho la justa y la necesaria, porque el contrario solito se ridiculizaba cuando quería rascarlo, cuando quería pecharlo o aprovecharse de su mayor peso o estatura (hasta ahora el Chemo sigue con la mirada perdida después de sufrir aquel famoso sombrerazo, la tarde en que Cristal volteara el partido 4 a 3 en su misma cancha). Porque la estatura o el peso en el campo lo dan la calidad, la entrega y el valor. Nadie imagina una galería de cracks del Cristal de todos los tiempos sin Vides Mosquera ni Chumpi, sin Pedrito Ruíz ni Koki Hirano, sin Velita Aquije ni Pepe del Castillo.
Ese es, cervecero, el mismo muchachito que no se sabe de dónde saca oxígeno y gasolina porque jamás ha parado de correr y de sudarla en las buenas y en las malas. Que, ante la salida de otras glorias, se puso el equipo al hombro para sacarlo de las peores dificultades. Y aún sigue corriendo.
Con la  8 o la 10, la misma calidad...
Ese es del SC, el mismo jugador que nos ha dado alegrías en la familia cervecera y con el distintivo número 10 de la selección peruana, aunque empezó en la celeste con el 8. Y que, para rubricar el clímax, anotara goles hermosos, increíbles, imposibles, incatalogables, incomparables, fantásticos, artísticos, elegantes (siguen los adjetivos). En fin, goles dignos de un palacio.
Ese muchachito se llama, aunque naciera en cuna humilde, Roberto Palacios..
Hoy los años le están arrancando cabellos de uno en uno, pero sigue corriendo. Porque una lesión no te hace débil. Y un cabello decomisado por el peine no te hace más tortuga ni más tío, si no pregúntaselo a Oscar de León y a Alberto Bonnet. La prueba es que veinte años después, ese muchachito sigue corriendo, y marcando época con la persistencia del inolvidable Forrest Gump, con el aguante de los aerobistas de la Costa Verde, con la fuerza de un escolar por no perder la combi, con la velocidad de los escaperos de Gamarra, con el despliegue de energías del Flaco Quesada. No tiene tanta ligereza y casi no anota goles, pero sigue corriendo.
Han pasado casi veinte años desde su debut en primera y algunos más desde que pichangueaba en la categoría sub-cuna y que empezara con la de las dos bolitas, una encima de la otra, la del Chavo, la 8;  y que hoy usa la camiseta de los elegidos, la del palito y el aro, la de los hechiceros, la 10. Es el mismo personaje que aún sigue corriendo, pero, pero, pero…
Hoy nos llega la noticia de su retiro, que ya se baja de la combi, que van  a quedar  en el disco duro las alegrías que nos dio. No obstante, aún vemos al Chorri que sigue corriendo tras ella…y a veces llega antes que ella… la espera, la domina, le da un botecito y la clava en la canasta del recuerdo...
Ese es el mismo, ese es él. Ese es de la SC.

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jueves, 9 de junio de 2011

Vásquez: “Le ganamos al Dínamo de Yashin, Botafogo con Garrincha y Palmeiras con Djalma Santos”


Por: Manuel Araníbar Luna

Los fanáticos celestes que no han llegado aún a la base cuatro han escuchado muy poco, casi de pasadita, de muchas figuras celestes de la década del sesenta. Jorge el “Gato” Vásquez fue uno de quienes destacaron en aquella época. Integrante de aquella promoción juvenil del Centro Iqueño que llegara a La Florida en esos años, quedó un tanto eclipsado por la cobertura mediática que obtuvieron otros grandes rimenses como Alberto Gallardo, Mifflin, Tito Elías, Orlando Chito La Torre, Fernando Mellán. Tierno, un minino aún, fue jalado por el Sporting Cristal, debido al gran trío central que formó con Peláez y Escobar. A pesar de su juventud destacó en partidos internacionales. Antes de vestir las sedas celestes reforzó a Municipal contra Santos y contra Sao Paulo, reforzó a la ‘U’ contra el River. No es poca cosa.

Era un número 10 de los de entonces. Tenía un estilo peculiar. Jugaba bastante adelantado pero bajaba a recoger, acompañar y repartir. Corría ligerito como puntero, cargaba como centro forward y anotaba goles. Armaba y repartía juego en la época de Alberto Gallardo, el inolvidable Jet quien con sus matracazos eclipsó a otros goleadores celestes. El Gato, al lado del Cabezón Mifflin, se convirtió en uno de sus pasadores de pelota.

- ¿Era usted un media punta?

Digamos que yo era un tres cuartos de punta je, je… Pero bajaba al medio a recoger y armar. Nunca fui egoísta, se la pasaba al que estaba más a tiro de gol. Siempre se la pasé a Velita Aquije, a Risco, a Del Castillo, a Gallardo. Salíamos tocando con del Castillo, Peláez y Escobar. Los cuatro éramos tocadores. Cuando llegó Alberto Gallardo, un corredor fondista que no encajaba en ese tipo de juego, las órdenes de Didí eran que se la picáramos a la punta para que desborde, la centre al área y cualquiera de nosotros la cabeceara. Pero el centro de Alberto nunca llegaba porque la picaba unos metros, dejaba atrás a su marcador y encajaba tremendo patadón que una de cinco veces vacunaba. Qué buenazo era Alberto, que en paz descanse.

-          ¿Y cómo fue, Don Jorge, lo del contrato para Colombia que se perdió por una demora?

Yo tenía una propuesta para Colombia por el América de Cali, cuyo DT era don Miguel Ortega, que había sido mi entrenador en el Iqueño. El día que partió, en el mismo aeropuerto me advirtió: “No te muevas de Lima, espera mi llamada de Colombia. Ni se te ocurra firmar por ningún equipo”. Estuve esperando cerca de un mes y la llamada nunca llegó. Así que nosotros, (Escobar, Peláez y yo) firmamos por los cerveceros. Don Augusto Moral hizo las gestiones junto con don Lucho Balbuena y Kike Villavicencio. Una semana después llega don Miguel Ortega con dos dirigentes del América. Imagínate cómo se puso. “Es que usted no me llamó, pues”, le dije. ¡Lo que me contestó! Al otro día los muchachos me cantaban el bolero de Los Panchos: “Ya es muy tarde para remediar todo lo que ha pasado” A la semana debuté en Arequipa. Ganamos allá por 3 a cero y los tres goles fueron míos. ¡Qué contenta se puso doña Estercita!
Pero no me quejo, porque tuve la suerte de entrar a una institución grande como el Cristal para el que tengo sólo palabras de agradecimiento. Un institución de primera, con los esposos Bentín, don Ricardo y la señora Estercita, quienes trataban a los jugadores como si fueran sus propios hijos. Y unos dirigentes de primer nivel, muy buenos, como el doctor Osterling, el contralmirante Gálvez. No escatimaban esfuerzos para tener a sus jugadores contentos Todas las semanas antes de los partidos escuchábamos misa. Éramos una familia.

¿El más bromista? Había varios. Chito era tremendo palomilla, Velita era otro, al igual que Gonzales Pajuelo. Por último, Mifflin era un fuera de serie. Gallardo era más mesurado, se reía nomás de las bromas. Mellán hasta ahora es pura risa. Ahora bien, había divergencias como en toda familia, pero los trapos sucios se lavaban en casa. Nadie salía a declarar en los canales de TV contra un compañero, como se suele ver ahora.

- ¡Michi, michi, gatito!

La chapa me la pusieron Montenegro y Huaranga Daga cuando yo recién había debutado en el Iqueño. Jugaban ahí ‘Gelatina’ Del Valle, Olaechea, Allen, Novella.

La tía Rosita, una señora hincha de nuestro equipo que vivía con sus hijas, luego de un partido nos invitó a comer un sábado a su casa en Barrios Altos. Comimos y bailamos hasta muy tarde con sus simpáticas hijas. Yo era adolescente y no me gustaba el trago. No estaba mareado sino que me sentía cansado y sin saber cómo me dormí sentado sobre un sofá. Cuando desperté me puse saltón, no sabía dónde estaba, todo estaba oscuro. Me di cuenta que me habían quitado los zapatos. En plena oscuridad me puse a buscar mis tabas debajo de los muebles para irme. La casa tenía una inmensa sala antigua con altillo y piso de madera, uf, del tiempo de la colonia. Cuando me agaché a buscar mis tabas el piso traqueteó como cama en noche de bodas. Las morenas escucharon la bulla que hacía mientras estaba buscando mis zapatos debajo de los muebles y avisaron a su mamá. La tía, en camisón y chancletas, encendió las luces y creyó que tramaba algo malo.

-          ¡Oe, mocoso e’ miércoles, ¿qué haces gateando en lo oscurito? ¡Cuidadito nomás, que ahorita preparo seco de gato contigo!

Al día siguiente la tía se lo cuenta a los muchachos del Iqueño y entre Montenegro y Huaranga Daga empezaron batirme, “miau, miau, morrongo, michi, michi, gatito”. Un día llega a La Florida a cubrir el entrenamiento ese gran periodista llamado Guillermo Alcántara, se entera de mi Chaplín y al día siguiente lo publica pero, qué noble era el pata, no relata la historia detrás de la chapa. Para colmo, el runrún crece y se hace famoso porque en esos tiempos sonaba “El gato y la gata”, un tema del dúo Los Compadres. Como lo ves, no tengo ojos verdes, no araño ni me trepo a los techos. Si esa anécdota hubiera pasado en estos tiempos, ya estuvieran entrevistando a la tía del callejón de los Barrios Altos y me hubieran inventado un bururú con sus hijas.

-          ¿Con qué defensores tuvo más roces?

Cuando era atacante del Iqueño mis choques fueron, ¡adivina con quién!, con Eloy Campos y Orlando “Chito” De La Torre. ¡Esos dos no perdonaban ni al cura!. Después, cuando firmé por el Cristal, al toque nos hicimos grandes amigos. Pero mis mayores broncas fueron con Guido Mendoza, cuando este era back del Defensor Lima. La primera vez nos estuvimos dando todo el partido hasta que en una jugada casual chocó con mi codo y se rompió la boca. Don Lucho Garro, que en paz descanse, dijo por la radio que “esa agresión era para las páginas policiales”, pero juro que el moreno chocó con mi codo, hermano. Nadie me lo creyó. Je je, ¿tú tampoco, verdad? Después cuando Guido defendía al Alianza buscó la venganza y volvimos a chocar; y por último, cuando jugó por el Chalaco. En cada choque saltaban chispas, sin contar las mentadas de madre. Cosas del fútbol.

-          Usted es entrenador titulado, don Jorge. ¿Quién fue su mejor entrenador?

Yo me recibí hace casi ya 30 años. Mi instructor fue el fallecido Oscar Montalvo. Pero la mejor escuela son los entrenadores que uno ha tenido. Mira, de todos los entrenadores se aprende. El primero fue don Miguel Ortega en el Iqueño. Nos inculcó disciplina táctica. Sabía que los peruanos somos indisciplinados y en la cancha desobedecemos las órdenes. Luego llegó don Jorge Orth, quien sabía colocar al jugador en el lugar correcto. Además, gustaba de promocionar jugadores jóvenes. Nos dirigió cuando fui convocado a la selección para las Olimpiadas de Roma. Un grupo de chibolos entre quienes se encontraba Eloy nos ganamos la clasificación a punta de garra, pero después llamaron a jugadores mayores, más ranqueados y a nosotros nos dejaron de lado, pese a que nos habíamos ganado el derecho.

Waldir Pereyra, Didí, otro señor de señores. Un gran motivador, como luego se vio en la selección de México 70. No era de hablar mucho, pero nos daba confianza. “ustedes no tienen nada que envidiar a nadie”, nos decía, “y si nos hacen un gol no nos desorganicemos, sigamos jugando igual así nos hagan dos.” Además él le supo sacar provecho al juego de toque, de pared. Le gustaba el futbol de nosotros. “Nadie en el mundo hace paredes tan rápido como los jugadores peruanos”, nos decía.
Toto Terry y Vides Mosquera nos enseñaban mucho de tácticas y mañas. Se las sabían todas.

- ¿Quién era el titular en su puesto cuando llegó al Cristal?

Era Alberto ‘Cachito’ Ramirez, papá del muchacho que está jugando en la Universitario. Tapaba Reynaldo Párraga, al poco tiempo llegó Rubiños . Los de atrás eran Eloy, Chemo Ruiz, Chito De La Torre y Tito Elías. Los del medio eran Matías Quinto con Nico Nieri (tremendos pulmones). Arriba estábamos Pepe del Castillo, Pelaez, Escobar y yo -los tres del Iqueño que había pedido Didí- y Gallardo.

-          ¿Para usted cuál fue la mejor época del Sporting Cristal?

Todos coincidimos en que lo mejor fue el Cristal de los noventa. Pero nosotros no estábamos muy atrás. Al poco tiempo que entré le ganamos 5 a cero al Rácing que era el campeón de Argentina. Al campeón de Ecuador, Patria, le metimos 6 a 1. Campeonamos el 68. Al Dínamo de Moscú de Yashin – La Araña Negra- que era el mejor golero del mundo, le ganamos con gol de Eloy Campos. El bigotón metió un patadón, yo abrí las piernas y distraje al ruso. El gol me lo adjudicaron a mí, pero debieron dárselo a Eloy. Le hemos ganado al Botafogo con Garrincha; al Palmetiras con Djalma Santos.

LOS DE AHORA

Primero el Chorri. Me da gusto porque corre como si tuviera quince años. Al jugador, hermano, se le ve no por la edad sino por su rendimiento. Me da risa cuando escucho que está viejo. ¡Pero si es el que más corre! Tarek Carranza y Danny Sánchez tienen futuro. También me gustan Yotún y Advíncula, a quienes les falta aprender una que otra cosita, algunas mañas que sólo se las pueden enseñar los tíos, los viejos. Eso no lo enseñan los libros de fútbol sino la experiencia. A Gallardo lo hizo goleador Didí con todo su bagaje de conocimientos, enseñándole a patear con ambos pies, a olvidarse de los abucheos de la tribuna. Imagínate todo lo que les podemos enseñar los veteranos del Cristal.

Delgado es un arquerazo. si tiene roces con sus compañeros no hay que preocuparse, es una cosa normal. Un arquero que no guapea y no sabe mandar debe irse a su casa. El temperamento es lo esencial. Eso sí, hay que controlarlo, encaminarlo. Además Erick es camiseta celeste a morir. A mí me han expulsado, uf, muchas veces porque desde mocoso mis entrenadores me enseñaron a salir a luchar como si fuera una final. Y a veces uno se excede. ¿Qué quieren? ¿Qué uno se deje pisar el poncho? En el Cristal de los sesenta no había cobardes, todos guapeaban.

PASES PARA LOS VETERANOS

Ah, un último pedido. Hay veteranos del Cristal que se han roto el alma por la camiseta y cuando van al San Martín tienen que pagar su entrada. Debería haber una lista de ingreso gratuito para nosotros. A muchos se nos niega el acceso de manera un poco brusca. Esa es una falta de respeto. Y bueno, los empleados de la puerta no tienen la culpa, no nos conocen; ellos cumplen con su trabajo. Muchos ya ni quieren ir para no recibir desaires. y esto es doloroso porque otros clubes  dan buen trato, homenajes y entrada libre a sus veteranos.

Para despedir, espero de todo corazón, como fanático celeste, que el equipo de mis amores vuelva a ser lo que siempre fue: un grande, como en sus épocas doradas.

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domingo, 13 de marzo de 2011

DIDÍ Y SU PASO POR EL SPORTING CRISTAL.

ESCRIBE:  MANUEL ARANIBAR LUNA


Se llamaba Waldir Pereyra, pero en todo el mundo era conocido como Didí. Nada menos que el cerebro pensante en las gloriosas selecciones brasileñas del 58 y 62; el elegante armador que se ganó el título de “Príncipe de Etiopía”; el generador de bolas para Pelé, Garrincha, Vavá y toda esa pléyade de monstruos del fútbol carioca.

 

Fue Didí quien nos sacó de las eliminatorias del mundial del 58 con su increíble tiro libre de “folha seca” que dejó parado como estatua nada menos que a nuestro Rafael Asca. Llegó a La Florida como entrenador–jugador. Con los pantalones cortos duró poco debido a problemas de columna, pero como Director Técnico volcó todos sus conocimientos en el equipo celeste sin retacear ni esconder nada, creando un equipo parejo de popa a proa, un cuadro que obtuvo el campeonato del 68 y que sirvió de base para la extraordinaria selección del 70.

Siempre jugando “a la qué chu…”

El futbolista peruano, desde la pelota de trapo hasta la número 5, muchos años antes de que se multipliquen como hongos las famosas canchas de fulbito, siempre ha jugado en pared, tocándola de tuya y mía en potreros, en calles abiertas, en pichanguitas de cinco contra cinco entre solteros y casados, con apuestas de a china por mitra.

Siempre jugando “a la qué chu”, Impredecible y voluble, inconsecuente y gitano, el futbolista peruano le hacía partidazos a los grandes, pero perdía con los aprendices. Además, nunca se tuvo confianza. Tomaba el futbol como quien juega una pichanguita, Desde la época de los cincuentas se repetía hasta el empacho la triste frase. “jugamos como nunca y perdimos como siempre.”

Más de un futbolista peruano –y con esto no estamos descubriendo la penicilina— ha sido amigo de la jarana, del descuido en la vida personal y la poca seriedad para el fútbol. Antes y después de cada partido la cita era con las chelas y las rucas.

Juégala como palomilla, pero…

Didí se encontró con ello y decidió encaminar al jugador peruano dándole confianza, pero poniéndole parámetros, sin alcahueterías, rompiendo argollas, poniendo mano firme. Y ese mismo fulbito de pasecito corto lo aplicó con los celestes en la cancha grande pero inyectando factores adicionales: la velocidad y el cambio de ritmo, el trueque de puestos y el pase kilométrico. Por último, les inculcó la disciplina, la responsabilidad. Es decir, “juégala como palomilla pero compórtate como zanahoria.”

Los palomillas del Rímac…

Y los celestes empezaron a tocarla a velocidad de tren, ganándose con ello el apelativo de “Los palomillas del Rímac”. En ese cuadro la acariciaban finito, en paredes de franela, Pepe del Castillo, Cabezón Mifflin, Velita Aquije, el Gato Vásquez. La orden era tocarla y desmarcarse a 100 por hora, para pedirla otra vez o para jalar marca, en épocas en as que internacionalmente primaba el fútbol destructor del catenaccio italiano, el cerrojo suizo, el tanque ruso, la aplanadora alemana y otros métodos de entrampe con defensas de siete ú ocho jugadores y sólo un par de atacantes.

El psicólogo del puchito…

Si en Botafogo y la selección de Brasil, con tantos monstruos al lado, cuando Didí jugaba con el 8 en la espalda (y un DT en el centro de la cancha) los jugadores le obedecían, en La Florida llegaron a reverenciarlo como un padre bondadoso, porque no necesitaba de gritar ni insultar para hacerse obedecer. Era un psicólogo que les inducía serenidad y paciencia:

—Patear canillas es de canallas. ¿Nos están ganando? Sereno, respira hondo, no desesperes. El jugador que está picón no juega bien. Sigue jugando tranquilo que los goles llegan solitos.

—Levanta la cabeza, suéltala, desmárcate, cruza por detrás de tu marcador y pídela otra vez. Vamos, vamos, garoto, hagamos paredes hasta el área chica y entremos tocándola suave y rápido, y vas a ver que llegamos con la bola hasta los cáñamos casi sin darnos cuenta.

Les enseñó a jugar en cancha mojada, a dar pases de cuarenta metros, a rematar con ambos pies, a patear la folha seca en los tiros libres, no sólo a Gallardo, Pepe Del Castillo y el Cabezón Mifflin, quienes fueron sus discípulos más aprovechados, sino a todos sin distinción. Ubicó a Pepe del Castillo como puntero—armador. Instruyó a Eloy Campos y Tito Elías a salir tocando y proyectarse a todo cuete para centrarla a la bomba como lo hacía Djalma Santos en Brasil. A Orlando “Chito” De La Torre le instó a anticipar y cabecear sin cerrar los ojos; a Nico Nieri a cortar y acompañar, a cubrir salidas y a enmendar malos pases.

Si vocé desobedece…

Y, en la selección, a Cubillas, pese a su resistencia, lo hizo retroceder al medio campo, cosa que después el Nene agradecería. Corrigió a su debido tiempo a los indisciplinados como fue el caso de Perico León cuando este escapó de la concentración. Y sobre todo, les dio confianza, la necesaria autoestima para jugarles de igual a igual a los monstruos del fútbol.

— Vocé joga muito bem o fútebol – les decía en su media lengua sin soltar el infaltable puchito —. Los peruanos son melhores que muitos futbolistas do mundo, mais no se dan cuenta de ello, no le dan importancia, lo toman a broma, son indisciplinados y desobedientes. “Mais se você desobedecen, melhor retornar à sua casa”

Las mañas de Didí…

Durante aquel famoso partido de la clasificación para México 70 en la Bombonera, sacó del bolsillo secreto todas sus mañas y las aplicó para ganarles el vivo a quienes se creían los reyes de la labia, les paró la viada de arranque con la famosa estrategia del pantalón descosido de Perico; les recalentó la cabeza mandando a Challe a provocarlos, a hacerles perder la paciencia; los hizo adelantar sus líneas para contragolpear con Baylón y Cachito, con el resultado que todos sabemos. Es archiconocida su frase que después resultó profética.

—Mira, Cachinho, esos dos centrales argentinos se van a adelantar. Apenas te la pasen te metes a toda velocidad en diagonal por ese hueco que van a dejar. De ese modo vas a hacer el gol.

Su filosofía del jogo bonito marcó historia porque la instauró años después en Argentina, un lugar de donde los críticos pedían modernización y destrucción, empezando de fojas cero, para igualarse a los poderosos cuadros europeos que salían a no perder aun en su propio reducto.

A pesar de la famosa bronca con Orlando De la Torre en México 70 (de lo cual nos ocuparemos en otro artículo), el paso de Didí por el Sporting Cristal y por la selección dejó una huella indeleble en la afición peruana.

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