Por Manuel Araníbar Luna
Autuori se había propuesto no renegar, blasfemar y mucho menos rugir mientras dirigiera los partidos cerveceros. Era cosa sabida que esto no se iba a cumplir cuando en el arranque una defensa más abierta que cochera sin portón dejó pasar un disparo de Ascues. Autuori envejeciendo hasta los 90 años más IGV, volteó y se lo dijo al Orejón en portuñol:
—¡Isso não pode
acontecer!, ¡Eu disse a os mios jogadores para não deixarem os rivais oportunidade
para chutar em direção ao nosso arco!
No hubo necesidad de
intérprete. Soto le entendió.
Ahí no quedó la
cosinha. Cuando el chibolo Ascues disparaba una y otra vez sin nadie que lo
contenga ni un pitbull que le ladre a don Paulinho le aparecieron cien arrugas más en el
rostro. Y no es que al ex celeste lo dejaran suelto sino que los cusqueños
tenían una movilidad rapidísima. Imposible que Yoshi, Távara e Ian se
multiplicasen por seis en el Cusco, a 3,300msnm, lo cual se siente como jugar
contra dieciocho jugadores.
En el techo del mundo…
Quienes saben de
preparación física aseguran que los jugadores no acostumbrados a correr en
zonas altoandinas sufren un ahogo en los primeros 20 minutos. Luego se
estabilizan, no digamos hasta la normalidad, pero por lo menos recién
sacan la lengua al iniciar el segundo tiempo cuando todos, incluso los locales,
necesitan balón de oxígeno. Tengamos en cuenta que los recién asimilados
brasileiros no están acostumbrados a jugar en el techo del mundo. Pese a ello algunos
jugaron hasta el final. No al cien por ciento pero por lo menos terminaron
trotando.
Poquinho a poquinho,
el equipo celeste de acá —esta vez con la camiseta azulina del aniversario 70—
fue ordenándose y avanzando hacia la valla de los celestes de allá. Por su
derecha, Juan Cruz casi crucifica a Zubzuck en tres oportunidades. Vale
decir que con disparos un tanto fuertones. No obstante, en respuesta a los
ataques cervecero, otro cabezazo en las narices de toda la defensa rimense y
don Paulinho casi se infarta. Aire para mí tío, plis.
“Vizeu, no bajes
tanto…”
Por la zurda,
Cristiano no se dejaba arredraba por los firuletes por el chileno Arancibia.
Trababa fuerte sin mala intención y listo el pollo. El trencito colorado empezaba
a demostrar que había llegado con tres pulmones y apoyaba quitaba y acompañaba
pisando las dos áreas. Távara y Yotun se zafaban de la presión y empezaron a
hilvanar jugadas con Gabrielinho. El problema era que Vizeu bajaba a
recoger bola hasta un cuarto de cancha cervecera porque no lo alimentaban ni
siquiera con una sopita de maca con kiwicha. Cuando el 9 cervecero llegaba al
área rival perdía fuerza. Así se fueron al camarín rapidito para agarrar
primero los tanques de oxígeno.
Para el segundo
tiempo Ascues vacuna de verdad. 1 a cero. y además se suscitan dos peligros de
gol que Enriquez, al estilo del Hombre Araña, salva con las uñas. Ya era tiempo de cambiar
a varios que se estaban amoratando. Entran Catriel, Maxloren, Cazonatti y
Ávila, a quien la altura no le afecta por ser huanuqueño. Faltaba el Hombre Lobo
que otras veces ha demostrado que tiene fuelle, pero donde manda capitán…
Todos los santos
rimenses…
¡Ya pe’, cerveceros! Los
celestes de acá no podían perder con los celestes de allá porque Papalindo tenía
que jugar para el Rímac, un distrito lleno de iglesias. A ver, contemos: en
cancha jugaban Cristiano, Cruz, el apóstol San Tiago y el arcángel san Gabriel
Santa Ana. Lo que faltaba era lanzarse con tridente al empate y rezar para que
no les metan más goles de contragolpe. Picados por el marcador en contra, por la
angustia de terminar perdiendo en su primer partido y, pensando en evitar un derrame
biliar de Autuori, vuelven a atacar con más insistencia y mayores ganas. Eso,
eso, eso, muchas ganas y actitud.
Ante tanta
inisitencia se les presenta la Virgen. Gabrielinho quita una bola y se la juega
al Irven. Este se la devuelve pero equivocada. La recupera Maxloren y habilita
a Santi (hay que llamarle San Tiago esta vez) que no perdona y fusila al
arquero cusqueño. El juez de línea creeyendo que está en Plaza de Acho levanta
su banderín, y luego de escuchar los últimos chistes del VAR, Kevin dice que
Santi no cruzó la línea roja. 1 a 1 y
los celestes van por más, pero le anulan un gol al Irven. Kevin dice chau y se concreta
el empate con sabor a té jazmín.
El otro santo
Ah, olvidábamos al
otro santo que ayudó, no a ganar sino a no perder: San Diego. Sí, Diego
Enríquez. Salvó tres claritas y un par de yemas. Hay que prenderle una
velita a Papalindo.
Conclusión: aquí no
celebramos empates, pero por lo menos nos traemos un punto. Buenas noches

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