Por Manuel Aranibar Luna
Dos pequeños gigantes hicieron tardes de gloria con la camiseta color cielo. Ellos eran Pedro Ruiz y Jorge Hirano. Huaralinos ambos, ralos y pequeños ambos, a ojo de buen sabelotodo estaban más para pichanguita de tres contra tres entre calichines en pista de barrunto que para pisar el tapizón verde de los grandes.
Paleteada
de caricias...
Los dos huaralinos, una vez
vestidos de corto, hicieron morderse la lengua a esos sabelotodo que piden que
los jugadores tengan una talla mínima de metro ochenta. Ambos cracks, cuyas
estaturas arañaban con las justas el metro sesenta, se convertían en dos
gigantes que no la rompían (eso es para los brutos): la desfloraban finamente
con bisturí y anestesia en noventa minutos de clases de arte. Entre ambos
arreglaban las cosas en un click. Resucitaban al Cristal en partidos que ya se
daban por perdidos, con un par de jugadas que aparecían de la nada.
Del empeine de Pedrito al pecho del Koki...
Pedrito era el trotador, Koki era
el fondista. El primero era cerebral, repentista, improvisador, amo de los
tiros libres y de las jugadas inexplicables e impensables. Koki era el sprínter
en carrera de vallas que eludía rivales con la velocidad de un antílope.
Pedrito diseñaba, Koki concretaba, o viceversa, lo cual enloquecía a los
rivales. La pizpireta pelota, tramposa entre dos amantes, iba bailando,
movidita y salsera, del empeine de uno al pecho del otro, del lanzamiento de
uno a la volea del otro, hasta llegar exhausta y paleteada de caricias a la
telaraña de piolas, burlándose del manotazo del arquero que se ahogaba en
piscina sin agua.
Tacos y sombreros de Catacaos.
Por el equipo de La Florida han desfilado jugadores cerebrales como el Cabezón Mifflin, Julio César Uribe, su tocayo Antón, el Chorri y el Loba, Manassero, el Pelado Ferreyra, y uff. (Y discúlpenme el resto porque en estos cincuenta y cinco años ha habido buena cantidad). Pedrito Ruiz pertenece a esa legión de exquisitos. Pedrito El Mago la tocaba finito, como con pluma. Tenía un toque tan elegante que la dominaba por destreza y por gentileza; la convencía a punta de caricias porque la conocía desde mocosa, le sabía sus secretos y mañas y la sabía tratar como a una reina. La escondía de toda la sapería y se la entregaba al compañero en cucharita de plata. No daba pases en callejón sino en quinta con reja de aluminio. A los defensas más feroces los dejó en ridículo con unas pisadas de pelota que ya quisieran las gallinas de sus gallos, con huachas de acero inoxidable, con tacos Makarios y con escandalosos sombreros de Catacaos. La lanzaba con efectos especiales en tiros libres que dejaron paralíticos a los arqueros más rankeados.
Con el frac puesto...
Ahora bien, valgan verduras,
Pedrito, a lo mucho, transpiraba sólo unas cuantas gotitas, porque era tan ralo
que se podía derretir por deshidratación; no bajaba a ayudar a la defensa ni
para hacer barrera en los tiros libres (además la pelota pasaría fácilmente por
encima de él); tampoco le quitaba la bola ni a un escolar. Sólo chambeaba con
la pelota en los pies. Era muy poco de correr y mucho de trotar. La esperaba
parado y las pelotas salían de él con el mínimo esfuerzo. Los genios no
necesitan de más. No se ponía el overol porque ya tenía puesto el frac; además
pensar cansa tanto como correr. Baldor y los defensores contrarios creaban
problemas, Pedrito los resolvía.
-¿Para qué perseguirla? -decía-,
ella siempre regresa a mí, como atraída por imán.
Y era cierto, Pedrito era un brujo que la tenía hechizada. Por sus actuaciones a nivel de la Libertadores fue alabado y tentado por equipos extranjeros en la remota época en que en el Perú sobraban los creadores, como Challe, Mifflin, Cubillas, Sotil, Cueto. Pedrito el Mago no tenía nada que envidiar a los mejores de Sudamérica. Como bien se ha dicho, lo que hacía Cueto con la zurda, él lo hacía con la derecha. Y basta ya de comparaciones: Al César Cueto lo que es del César y a Pedrito la Basílica de San Pedro.
Pavor a los aviones...
Pedrito se burlaba de los
macheteros porque sabía burlarse de ellos, no le corría a la leña, ni aquí ni
en el Centenario. No le temía a nada. Bueno, a casi nada: le tenía pavor a
subir a los aviones, fobia que impidió su triunfo en el extranjero, tanto así
que - justo él que es el rey del toque - no se atreve a tocar ni siquiera los
juguetes con alas. Anécdotas hay muchas sobre su famosa fobia: sus escapadas
del aeropuerto, sus desapariciones del mapa por varios días para reencontrarlo
en interminables pichanguitas en la tierra de las naranjas, la aplicación de
sedantes para no tener que subirlo al avión con camisa de fuerza. Aquella fobia
le marcó un futuro con el sello inexorable de “pudiste llegar a las galaxias”,
pero quienes lo hemos visto le decimos:
“¿Cómo vas a subir a las galaxias
si tienes miedo subir hasta a la Montaña Rusa?”
Con lo que has hecho basta,
Maestro.

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