Por Manuel Araníbar Luna
Buenas tardes, doña Esthercita. Sé que nos lee. Sé
que nos observa desde allá arriba, desde la tribuna de la eternidad, siempre
con Don Ricardo y su hijo menor Ricardito al lado suyo.
Ya sabe usted, madre querida, que su equipo celeste
ya obtuvo veinte copas, y gracias a que nos inculcó la insistencia por lograr
más sonrisas y alegrías, pelearemos siempre por lograr más galardones, porque
al vernos celebrar usted sonreirá. Ese será nuestro mayor premio
Cincuenta años han pasado, y su voz aún nos abriga
desde hace setenta años cuando no solo fundó un club en el Rímac, sino que le
infundió un alma. Un club que, como dicen las crónicas, nació campeón, porque
nació del amor.
Dama de misa diaria y rosario en mano. Su
catolicismo no era de vitrina, era de rodillas. Creía que Dios también jugaba
en el Rímac, y por ello oraba.
Oraba en silencio. Con esa bondad que no hace
ruido.
No buscó tribuna y por su amor al prójimo amó a los
jugadores como si fueran sus hijos: Les cambió los chimpunes gastados por unos
nuevos. Y no sólo les dio una camiseta celeste, les dio un hogar. Los corrigió
como madre, los esperó como se espera a quien vuelve a casa. Para cada uno tuvo
un plato de consuelo, una palabra de aliento, una bendición escondida en el
bolsillo.
Y fue usted, mujer de fe y de temple, quien nos
regaló el grito que nos haría eternos.
Cuando el miedo apretaba, cuando el partido se iba, de su garganta de madre
salió el conjuro, la plegaria hecha aliento:
¡Fuerza Cristal!
No fue un grito de guerra. Fue una oración. Fuerza
para levantarse. Fuerza para creer. Fuerza para ser Cristal.
Hoy, a cincuenta años de su encuentro con el Señor,
no la lloramos. La evocamos. Porque las damas como ella no mueren: se vuelven
luz. Se vuelven ese celeste del cielo de Lima que nos mira cada domingo a las
tres y media de la tarde.
Gracias, Doña Esthercita. Descanse en la paz que
usted siempre nos enseñó a buscar, usted que siempre nos pidió buscar el
triunfo con humildad y sin soberbia.
¡Fuerza Cristal, ayer, ahora y siempre!
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